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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

EL SAMARITANO AGRADECIDO

EL SAMARITANO AGRADECIDO

“Cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. (Lc. 17, 11-19)
Naamán el sirio es sanado de la lepra por el profeta Eliseo, un samaritano acude a Jesús y encuentra la fe y la curación de su cuerpo. Dos ejemplos que nos hablan de hombres que acudieron a la misericordia de Dios y encontraron la salud.
El Evangelio de hoy nos presenta al samaritano que volvió a Jesús para darle gracias por haber sido curado de la lepra. Los otros nueve olvidaron el camino de vuelta al Señor. Jesús califica la acción del samaritano como una forma de “dar gloria a Dios”. También es una invitación a ser agradecidos con Dios, pues lo mejor que podemos traer en el corazón y pronunciar con la boca, son estas palabras: “Gracias a Dios”. No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor satisfacción, ni hacer con mayor utilidad.
Muchas cosas nos da el Señor a través de las personas que tratamos a diario. A ellas debemos también reconocimiento y aprecio. Nuestros padres y los miembros de nuestra familia, los profesores que nos han instruido, el médico que nos atendió en la enfermedad, los compañeros de trabajo o estudio. Todo lo que hacen por nosotros no se retribuye con dinero. De manera especial debemos nuestra gratitud a quienes nos ayudan espiritualmente: el sacerdote que nos bautizó, el que nos alimenta con la Eucaristía, nos reconcilia con Dios y escucha con paciencia nuestras inquietudes y necesidades. La religiosa que pone el corazón atendiendo a nuestros enfermos y ancianos, el catequista que cada fin de semana enseña con paciencia a nuestros niños. Son tantos los que nos ayudan a acercarnos a Dios. Todos merecen nuestra oración y afecto.
Por todo, con mucha humildad digamos “gracias, gracias, Señor”. Que al final de nuestra existencia no tenga el Señor que recordarnos nuestra ingratitud y falta de correspondencia a su amor.

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