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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

EL SACERDOTE

EL SACERDOTE

En la medida de lo posible, durante algunas semanas hablaremos sobre la vida y misión del sacerdote, pues creo que al acercarme a mis hermanos presbíteros, llegaré también al corazón de las comunidades parroquiales, a las familias y a los grupos que las conforman. No olviden, hermanos, que el primer compromiso de una parroquia es rezar todos los días por su sacerdote.
 Reflexionar sobre el sacerdocio equivale a meditar sobre Aquel que nos ha llamado a seguirlo (Cf. Mc 10,17-30). Nunca nos cansaremos de hablar de nuestro sacerdocio, porque al recordarlo, reconocemos, una y otra vez, que es un don de Dios, precioso regalo de su amor.
“El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y del vino las palabras de acción de gracias de Cristo, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra sacerdocio” (Benedicto XVI, Homilía en la conclusión del Año Sacerdotal, 11.06.2010).   
El Señor nos quiere pastores cercanos a la gente, padres y hermanos, amables, pacientes y misericordiosos. Caracterizados por la pobreza interior y exterior. Muy atentos para no caer en ambiciones, buscando cargos y poder. Pastores capaces de velar por el rebaño, de apoyar con paciencia los planes que Dios tiene para su pueblo, al que debemos tratarlo con profundo amor. Hombres que luchen para no ceder a la mundanidad espiritual, es decir al espíritu del mundo, que nos hace actuar por la propia realización y no por la gloria de Dios (Cf. Papa Francisco, Discurso a los Nuncios Apostólicos, 21.06.2013).
Que el Señor haga de nuestros sacerdotes pastores con entrañas de misericordia, siempre disponibles al servicio alegre y generoso de los fieles.


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