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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

LA PACIENCIA

LA PACIENCIA


El Evangelio o la buena noticia del matrimonio y de la familia, con sus valores de la entrega recíproca y la fidelidad, tiene como base fundamental: el amor conyugal. Sin él, cualquier reflexión o propuesta se desvanecería en meras quimeras o deseos inalcanzables. Un amor que, por su propio dinamismo, tiene que ir perfeccionándose en el diario caminar.

San Pablo, en su primera carta a los Corintios (13, 4-7), pone de manifiesto las principales características del amor. Entre ellas, nos dice que el amor es paciente, servicial, no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no se irrita, no lleva cuentas del mal. Además, todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.

Estos rasgos del amor se los vive de una manera muy especial entre esposos y padres e hijos. En esta ocasión profundizaremos la virtud de la paciencia.

Esta virtud ayuda a que las personas no se dejen llevar por sus impulsos y que se vuelvan agresivas ante una dificultad. En este contexto, Dios aparece como paradigma o modelo de moderación, es lento a la cólera y rico en piedad y misericordia. “La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder”.

La paciencia nada tiene que ver con los maltratos constantes, las agresiones físicas o psicológicas ni que nos traten como objetos. De admitir pasivamente estos comportamientos, sería complicidad y resignación. Lo cual, es indigno del ser humano.

La impaciencia, muchas veces, brota de una falsa concepción de las personas, del pensar que son perfectas y hasta celestiales o también cuando nos colocamos al centro de todo y esperamos que los demás nos rindan los homenajes debidos. Cuando estas falsas expectativas no se dan, nos volvemos agresivos y atacamos a los demás. Si no cultivamos la paciencia, siempre buscaremos excusas para justificar nuestra ira y nos volveremos incapaces de vivir con los demás, de tal forma que la misma familia se convertirá en un campo de batalla.

La paciencia se consolida cuando comprendemos que las personas no son perfectas, sino perfectibles y que todos, por lo tanto, estamos en un proceso de maduración constante.

A luz de este concepto, descubrimos que los otros también tienen derecho a vivir en esta tierra tal como son, con sus defectos y virtudes. “No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba”.

El amor conyugal tiene la posibilidad de abrirse a lo diferente, mediante la compasión y la aceptación de la otra persona tal como es y a vivir la paciencia con serenidad. (Cfr. Amoris Laetitia, 89-92)

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