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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

El corazón inquieto de San Agustín

El corazón inquieto de San Agustín

El Papa León XIV, que pertenece a la Orden de San Agustín, ha manifestado en sus intervenciones que es un honor entrañable ser reconocido como agustino: “Mucho de lo que soy se lo debo al espíritu y a las enseñanzas de San Agustín. Estoy agradecido a todos ustedes por las muchas maneras en que sus vidas muestran un profundo compromiso con los valores de veritas, unitas, caritas. El camino de Agustín estuvo lleno de pruebas y errores, como nuestras propias vidas. Sin embargo, gracias a la Gracia, a las oraciones de su madre Mónica y al testimonio de la comunidad que le rodeaba, descubrió el camino de la paz para su corazón inquieto. Como San Agustín, cada cristiano ha de reconocer los dones que Dios le ha dado y ofrecerlos en amoroso servicio a Dios y al prójimo” (28.08.2026).
San Agustín nació en Tagaste, año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, santa Mónica. Pronto manifestó sus grandes cualidades intelectuales y fue encaminado a la carrera de retórica. Fue un incansable buscador de la verdad. En su juventud llevó una vida alejada de Dios; se apasionó leyendo los clásicos de su época, pero también la Sagrada Escritura.
En Milán (384), su vida experimenta un cambio decisivo; conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo. Fue bautizado en el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. Luego fue elegido obispo de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo al trabajo pastoral en la Iglesia: al ministerio de la Palabra y la defensa de la fe. Escribió más de doscientos libros y muchísimos sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430.
El corazón inquieto de san Agustín solo descansó cuando encontró al Señor. A Dios debemos buscarlo con el corazón. Con los ojos del cuerpo vemos la luz y las maravillas de la creación, pero si queremos ver a Dios, debemos buscarlo de otra manera, pues solo son “dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5,8). Dios es amor y tiene manos que dan a los pobres, ojos para ver nuestras necesidades y corazón para perdonarnos siempre.
Si hemos descubierto el amor de Dios: “¿En qué campo debemos ejercitar este amor? En la caridad fraterna. Si decimos que hemos visto a Dios, debemos descubrirlo en el prójimo. Ama, pues, al hermano. Si amas al hermano al que ves, podrás ver al mismo tiempo a Dios, puesto que verás a la caridad misma, y Dios habita en la caridad” (San Agustín).
Por la profundidad de su doctrina y la solidez de su fe mereció el título de padre y doctor de la Iglesia. Las reflexiones teológicas, las confesiones personales, los comentarios homiléticos, las catequesis recogidas en su vasta obra literaria, han influido poderosamente en la fe de la Iglesia a lo largo de los siglos.
Benedicto XVI ha presentado a san Agustín como “hombre de pasión y de fe, de elevadísima inteligencia y de incansable entrega pastoral”.

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