La Arquidiócesis de Cuenca, profundamente consternada por la muerte de numerosos prisioneros como consecuencia de los amotinamientos simultáneos de días pasados, en las cárceles del país, interpreta que son parte de una crisis que se viene gestando desde tiempo atrás, producto de los constantes escándalos, contradicciones, con un tejido social roto, fracturado, sin confianza en sus instituciones ni en las personas que lo representan.
Los sucesos trágicos ocurridos, sin prescendentes en nuestro país en los centros de reclusión de Guayaquil, Cuenca y en Cotopaxi, han revelado que el sistema penitenciario está totalmente desbordado, no tiene un enfoque sistémico, adolece de estructuras adecuadas y cuenta con escasos recursos económicos: el sistema penitenciario en Ecuador está en el último lugar de prioridades, por lo que el hacinamiento y abandono en rehabilitación han sido los detonantes permanentes. El sistema penitenciario y de rehabilitación ecuatoriana es un enfermo terminal.
Agradecemos a Dios, porque la Iglesia como madre de misericordia, ha estado presente en estas periferias existenciales. En esta hora donde la muerte se ha apoderado de las cárceles del país,
Se requieren cambios profundos en el sistema judicial, político, de gobernanza e, incluso, renovar estructuralmente, desde las raíces el sistema penitenciario, para fortalecer las labores de prevención, inserción ciudadana, respeto de la dignidad humana de los presos y estabilizar el desbordado problema, que se arrastra desde hace varios años. La Arquidiócesis expresa la solidaridad en estos momentos de desconcierto tanto a los familiares como a los privados de libertad. Que la prisión, lugar de dolor y sufrimiento, sea también un laboratorio de humanidad y esperanza.


































































